Gérmenes de Ensueño #3: Lugares y días raros
La cotidianidad convertida en un sueño oscuro y fluorescente.
Tenemos un escenario en casa, una batería al fondo y un historial de eventos. Una jueza de talentos implacable toma el micrófono y da la retroalimentación más despiadada posible. Pienso: ー¿será que acá se puede hacer un karaoke? podría aprender a tocar la bateríaー Ponemos un sofá para los invitados debajo de y frente a la tarima. Nos aseguramos de que las paredes no se caigan o se deshagan en pedazos.
Afuera llueve
copiosamente
y compartimos
la habitación
con más personas
de las que recuerdo.
La gente
en las calles
celebra algo
que desconocemos,
o tal vez
solo es sábado
en la noche.
Al levantarnos,
despiertan todos
los que duermen
junto a nosotros,
entonces decidimos
prender la luz.
La calle está
coloreada
de naranja
alumbrado público,
y las figuras
afuera
se atenúan
por la densidad
de la lluvia.
Pedimos
un Uber
pero perdemos
el celular,
pronto lo recuperamos
gracias
a un hombre
que nos llama
por la placa
del carro
y nos pide
un aventón.
En medio
de una autopista,
funciona
una veterinaria
al aire libre,
el personal
que trabaja allí
nos detiene
el paso
mientras terminan
un procedimiento
quirúrgico.
Cuando finalmente
llegamos
a nuestro destino,
estamos
en la misma habitación
del inicio:
Destapamos regalos,
intento fumar
discretamente
en una ventana,
pero todos ven
lo que hago.
Reproduzco
cánticos indios
para conciliar
el sueño,
pero no son
bien recibidos;
mi novia quiere
crímenes
para dormir. No quiero irme,
pero recorro
las calles
de una confusa
ciudad universitaria
en busca
de un bus
que me lleve
a casa.
Se hace tarde
y mi gata
se cuela
por espacios
no permitidos.
Familiares
que ya no son
familia
comentan
sobre el cambio
de vida;
los niños crecen
y tienen
nuevos intereses,
chistes
de doble sentido.
Un perro
que no es el mío
me lame
la cara.
Mi mamá original
está atenta
a mis movimientos,
a mis decisiones,
cuida de mí.Estoy
en la habitación 831
buscando
una taza
de café,
pero me encuentro
con la fragilidad
de un piano.
Mi mujer
trae consigo
un vendaval,
su jefe
vende libros
y ayuda
con la mudanza.
No estoy seguro
de entender
qué me hace
cambiar
de cara,
pero probablemente
tenga que ver
con mi papá. Sobre la calle 80
hay un lugar
donde las cosas
suceden
solas.
Un pasillo
con chécheres
apilados:
cómics,
maderos de skate,
revistas,
libros;
todos reposan allí
para ser usados
en libertad.
Todos los días,
los vecinos
se reúnen
junto a la pila
de objetos
para conversar
y repartir comida,
que también
se hace sola
en una cocina
oculta.
Se hacen amigos,
se comparten
cosas.
Algo invisible
nos habla
de gratuidad
y resulta
sorprendente. Estructuras improvisadas que tienden a la fragilidad sostienen la casa de los abuelos. Vemos un largo y ancho campo verde en el lugar donde quedaba Villa López, las pequeñas flores se aúnan en zonas muy específicas, hay varias tumbas ubicadas a la distancia, cada una de ellas tiene un par de visitantes.
Demasiado cansada
para recordar
todo:
Programo
una cirugía
en casa
y tengo
que aislarme
para dibujar
personajes.
Mi tía
me pide
que no la deje
sola de nuevo;
papel carbón azul
imprime
su letra
en mi libreta.
Viene
un paciente
a su laboratorio
y realiza
reparaciones
estructurales.
Siento
que siempre
nos vemos
en funerales. Todos los sueños de una noche sobre cumpleaños olvidados.
F. Domingo
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